¿Cómo puede la Inteligencia Artificial agregar valor a la medicina?

En la era donde el valor de la atención en salud se mide de acuerdo a resultados por dólar/peso gastado, parece ser necesario incluir nuevas variables a la ecuación. Lograr mejor rendimiento con menos recursos o con más innovación tecnológica.

Pero, ¿cómo se mide el valor de diferentes servicios de salud? Por ejemplo, el calcular los beneficios en el costo del tratamiento de un padecimiento agudo, como un episodio de asma, puede ser relativamente fácil. Sin embargo, es mucho más complicado calcular este valor, si hablamos de un padecimiento crónico como la diabetes, que requiere de atención recurrente y no deja de lado la posibilidad de complicaciones a largo plazo. Un diagnóstico de cáncer avanzado, detectado después de varios años de evolución y con un panorama desesperanzador, es apenas otra muestra más de miles de situaciones. Ante todos estos casos, parece ser que “no hay buenas o malas respuestas” en medicina. Y, generalmente, las “mejores” pueden estar en conflicto con la literatura científica, ser ambiguas, o estar limitadas a la experiencia individual de los profesionales de la salud. Esto se conoce como “el arte de la medicina”.

Afortunadamente, investigaciones en innovación médica y el deseo constante de resolver éstas y otras interrogantes sobre el valor “real” de la atención en salud, han hecho que tecnologías emergentes como la Inteligencia Artificial (IA) y/o Big Data, incursionen en éste y otros campos afines. Titanes tecnológicos como Google, Facebook, Microsoft, o Apple han hecho grandes e históricas inversiones para ofrecer resultados de búsqueda personalizados y construir asistentes virtuales (1). En los últimos años, su inercia y capital les han permitido utilizar sistemas inteligentes para, además, construir enormes bases de datos y desarrollar algoritmos que analizan esta información y encuentran patrones previamente imperceptibles. Progresivamente, y quizás con el mejor rango de eficiencia disponible a la fecha, el efecto natural ha sido la expansión de cómo hacemos investigación patológica y terapéutica (2).

Vale la pena preguntarse entonces, ¿puede finalmente la IA transformar la medicina de un “aprendizaje práctico” a una ciencia precisa? En 2013, IBM lanzó comercialmente su super-computadora Watson. Bajo su más reciente enfoque, Watson Health, está siendo utilizado por al menos 16 institutos del cáncer en Estados Unidos para ayudar a diagnósticar y tratar pacientes. Al mismo tiempo, otras compañías de tecnología como Dell, Hewlett-Packard, Apple, o Hitachi desarrollan sus propias aplicaciones avanzadas de IA en el campo de la salud.  Sus algoritmos se prueban de manera recursiva para: diagnosticar enfermedades con mayor precisión y rapidez que las de un humano, y ofrecer nuevas opciones de tratamiento (3).

A futuro, la IA ofrece también organizar y “democratizar” el acceso a una gran cantidad de datos clínicos para mejorar los mecanismos de seguimiento y prevenir la reincidencia de enfermedades. No obstante, estos sistemas, capaces de “recordar” toda la literatura médica, están actualmente diseñados para sugerir en base a evidencia científica, no para tomar decisiones (4). Su valor, por ahora, radica en el análisis de datos, la interpretación, y la planificación para los principales actores de salud.

  • Un ejemplo: asociación de investigación múltiple con el Inova Instituto Medicine Institute. La compañía está utilizando la secuenciación genética y EHR para ayudar a predecir el riesgo de parto prematuro (lo que provoca unas 10.000 muertes en Estados Unidos y al menos $ 28 mil millones DLS en el gasto en salud por año). El objetivo es conocer quién es vulnerable para conducir intervenciones oportunas (5).

Para el 2018, de acuerdo con especialistas de la empresa IDC, se estima que un 30% de los sistemas de salud implementarán análisis cognitivos con datos de los pacientes y realizarán pruebas en el mundo real para personalizar regímenes de tratamiento. Se proyecta que para el mismo año, los médicos también podrían utilizar soluciones cognitivas en al menos 50% de sus pacientes con cáncer y, como consecuencia, costos y tasas de mortalidad se reducirían en un 10% (6).

En resumen, podemos ver que la creación y la aplicación de nuevas tecnologías en impulso del conocimiento y de la precisión científica se incrementan, no necesariamente con el fin de sustituir a los médicos, sino para cubrir los “puntos ciegos” que aún persisten en diagnósticos y terapias poco fructíferas. La IA ya no es un tema de ciencia ficción. De hecho, está cerca de revolucionar diversas áreas en la medicina y, como cualquier otra inversión, de incrementar su valor. Algunos afirman que, si la predictibilidad aumenta, tiene incluso el potencial de cambiar lo que fundamentalmente entendemos por valor. Si esto ocurre, una serie de nuevos retos y dilemas éticos, debidos a las grandes brechas existentes entre ricos y pobres -al considerar que será, de inicio, un servicio para minorías- podrían aparecer. Esto, sin embargo, de ninguna manera debe detenernos. El beneficio operativo, tecnológico y económico es, sin lugar a dudas, significativamente mayor.

Por: Fernanda Aldrette

Referencias:

(1) http://www.pbs.org/newshour/rundown/doctors-turn-artificial-intelligence-theyre-stumped/
(2) http://oncology.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=2330621&resultClick=24
(3) http://bigthink.com/philip-perry/how-artificial-intelligence-will-revolutionize-healthcare
(4) http://amaprod.silverchaircdn.com/data/Journals/OTOL/929863/ovp130005.pdf.gif
(5) http://www.rwjf.org/en/culture-of-health/2015/08/getting_to_the_essen.html
(6) http://www.healthcareitnews.com/news/artificial-intelligence-cognitive-computing-and-machine-learning-are-coming-healthcare-it-time

¿Son seguros los alimentos transgénicos?

La progresiva presencia de los alimentos transgénicos, también conocidos como alimentos genéticamente modificados (GMFs, por sus siglas en inglés), es un hecho. Aunque el desarrollo de este tipo de productos es justificado por causas socio-económicas como la seguridad alimentaria y el calentamiento global, su introducción continúa causando polémica entre consumidores y ambientalistas. Éstos, temerosos por sus implicaciones en la salud -actualmente desconocidas y rodeadas de incertidumbre-, se preocupan también por el posible desequilibrio medioambiental que conllevaría la introducción directa y descontrolada de genes modificados en los ecosistemas.

De cualquier manera, parece ser que si analizamos cuidadosamente la evidencia actual de este dilema: riesgos vs. beneficios (críticos vs. defensores), descubrimos un camino relativamente claro. Primero entendamos por GMFs a todos aquellos alimentos a los que se les ha insertado genes exógenos (de plantas o animales) en sus códigos genéticos (1).

Entre los GMFs se destacan:

  1. Cultivos que son directamente un GMF y que pueden ser tolerantes a herbicidas o resistentes al ataque de plagas.
  2. Alimentos procesados que contienen uno o más ingredientes derivados de cultivos modificados genéticamente.
  3. Alimentos que se han producido con un producto auxiliar que puede venir de un microorganismo genéticamente modificado (por ejemplo, quesos elaborados del compuesto de hongos genéticamente modificados como el Aspergillus Níger) (2).

La gran mayoría de las investigaciones sobre GMFs sugiere que son seguros para comer y que además tienen el potencial de alimentar a millones de personas que actualmente son víctimas del hambre en el mundo. David Zilberman, economista agrícola y ambiental de U.C. Berkeley dice que el uso de cultivos transgénicos ha bajado el precio de los alimentos y ha aumentado la seguridad del agricultor al permitirle utilizar menos pesticidas. Además, en algunas zonas se ha incrementado la distribución del maíz, del algodón y de la soja de un 20% a un 30%. Algo que para algunas personas representa literalmente sobrevivir (3).

La Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) estima que el mundo tendrá que aumentar un 70% más la producción de alimentos para abastecer a 2,300 millones de personas adicionales en el año 2050 (4). Por eso, la apuesta se centra en los GMFs: mejores rendimientos, crecimiento en tierra seca y salada, soporte ante altas y bajas temperaturas, y tolerancia a insectos, enfermedades y herbicidas.

Por otro lado, el consumo de este tipo de alimentos ha aumentado 100 veces la superficie global de cultivos transgénicos desde el año 1996. En el 2014, las hectáreas biotecnológicas crecieron una tasa anual del 3 al 4%, un aumento equivalente a 6.3 millones más de las 175.2 millones de hectáreas con las que ya se contaba en el 2013. Los productos más producidos mediante estas técnicas fueron: la soja, el maíz, el algodón y la canola. Otros cultivos menores: alfalfa, remolacha azucarera, papaya, calabaza, álamo, tomate, pimiento, y berenjena (5).

En el caso de México, una resolución judicial en 2013 suspendió la medida que prohibía la siembra del maíz transgénico. El principal argumento en contra, era que en México, al ser centro de origen y diversificación del grano, no se debería sembrar maíz genéticamente modificado porque los genes podrían contaminar a otras especies nativas. En relación a esto, Mayra de la Torre Martínez, profesora investigadora del Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD), e investigadores de la FAO, mencionan que aunque todavía no se ha probado que el consumo de transgénicos afecte a la salud de las personas; existen nuevas técnicas científicas que podrían identificar cambios a nivel genético, proteínico y metabólico, inclusive en otras especies nativas (6) (7).

También, un tema que no puede dejarse de lado en este debate es el de la propiedad intelectual. En la primera mitad del Siglo XX, las semillas estaban en su mayoría en manos de agricultores y fitomejoradores del sector público. En décadas siguientes las empresas multinacionales de ingeniería genética han aprovechado la regulación como estrategia de control del germoplasma vegetal. Según Context Network, hoy en día el mercado de las semillas patentadas (monopolio exclusivo) representa el 82% del mercado mundial de semillas comerciales, siendo valorado en el 2007 por US $22,000 millones (9). Es decir, las patentes, por sí mismas, pueden traer otros problemas que aún no hemos visualizado del todo: concentrar el poder corporativo, incrementar costos a largo plazo -aunque por el momento se comunique lo contrario-, y debilitar más los derechos de los agricultores. Es un hecho que si el crecimiento poblacional continua al mismo ritmo, la demanda mundial de alimentos aumentará durante al menos otros 40 años. La creciente competencia por la tierra, el agua, y la energía, además de la sobreexplotación de las pesquerías, afectarán nuestra capacidad de producir alimentos -los efectos del cambio climático son sin duda una amenaza adicional-. Respondiendo a la pregunta: ¿son seguros los alimentos transgénicos?, podemos suponer que los productos que se encuentran actualmente a disposición del público no representan ningún peligro para la salud humana. Sin embargo, será preciso presionar a la instituciones a instrumentar permanentes mecanismos de control e investigar a profundidad antes de introducir nuevos productos a base de GMFs.

Por: Fernanda Aldrette

Referencias:

(1) https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/002432.htm
(2) http://www.revista.unam.mx/vol.10/num4/art24/int24-1.htm
(3) http://www.scientificamerican.com/article/the-truth-about-genetically-modified-food/
(4) http://www.fao.org/news/story/es/item/35675/icode/
(5) http://www.revista.unam.mx/vol.10/num4/art24/int24-3.htm
(6) http://www.isaaa.org/resources/publications/biotech_booklets/top_10_facts/download/Top%2010%20Facts%20Booklet.pdf
(7) http://www.ciad.mx/component/content/article/139-articulos/1275-el-debate-de-los-transgenicos.html
(8) http://www.fao.org/docrep/006/y5160s/y5160s10.htm
(9) http://www.gmwatch.org/gm-firms/10558-the-worlds-top-ten-seed-companies-who-owns-nature